










Propuesta Nro. 041 / Entramado clínico
Se reomienda lectura previa, se adjunta aquí el link del resumen del caso clinico.
ejes disparadores:
1) La sexualidad como solucion.
2) La sexualida perverso polimorfa vs neosexualidad.
3) Teorias de genero , neosexualidad.
Se recomienda leer los Capitulos 11( Neonecesidades y soluciones adictivas) y 12 ( Desviación sexual y supervivencia psíquica) del libro : " Las Mil y una cara de Eros" Joyce Mc. Dougall.Ed. Paidos.
Tambien se adjunta enlace a una version resumida para el taller.
Taller clínico:
El CASO JASON: LA SEXUALIDAD HUMANA EN BUSCA DE SOLUCIONES
https://docs.google.com/document/d/1-tNRlwiOJafaZsQFYyaURIpYGftW0yiu8MhSx8Gjx5A/edit?usp=sharing
EL NEOSEXUAL EN BUSCA DE IDENTIDAD
Me gustaría ahora apuntalar mis ideas con una viñeta clínica. El material analítico que sigue demuestra ciertos aspectos de la economía psíquica que alimentan la sexualidad-droga. Jason, médico de unos cuarenta años que ejercía en una rama sumamente especializada de la cirugía, solicitó análisis a causa de obsesiones que invadían su vida sexual y social. Su trabajo profesional no parecía afectado por este problema, pues se decía contento de sentirse verdaderamente libre y muy cómodo en su profesión, que amaba apasionadamente. En efecto, era renombrado en su especialidad. Entre sus múltiples obsesiones predominaba una: la de los grupos minoritarios, respecto de los cuales tenía prejuicios favorables. Esto lo llevaba a preguntarse constantemente: “¿Soy tan bueno, tan potente como un árabe, como un negro, como un judío?”. En el curso de nuestra primera entrevista me dijo que sus dudas, que tenían un “tinte racista”, estaban estrechamente ligadas a su vida sexual. “Muchas mujeres me andan detrás, y si son árabes, vietnamitas, judías... las seduzco y mis obsesiones se calman por un momento.” Después añadió: “Donde no hay mezcla, no hay problema”. Cuando lo invité a precisar el significado de esta última declaración, me dijo que, si cortejaba a una mujer de otra raza cuyo partenaire era un hombre de la misma pertenencia racial que ella, él no tenía ningún problema sexual; sin embargo, las cosas se complicaban cuando las mujeres no pertenecían a esas etnias “minoritarias”, pero habían tenido relaciones con un amante de otra raza (éstas eran las que más lo atraían). En tales circunstancias, se sentía obligado a hacerles la pregunta a sus amantes.
Más o menos a los veinte años se había casado con una joven a la que deseaba porque ella había tenido una breve relación con un judío célebre. Me dijo: “Durante años torturé todas las noches a mi mujer para obtener de ella los detalles de esa relación amorosa con X. La interrogaba durante horas, para terminar desgarrándole la ropa interior, atacándola y violándola. Pero la relación sexual no era nunca satisfactoria; el interrogatorio tomaba demasiado tiempo”. Durante el matrimonio, que había durado una decena de años, siguió teniendo innumerables aventuras con mujeres de distintas razas. Después se comprometió en una relación prolongada con una amiga que había tenido una aventura nebulosa con un negro casado. Las noches que pasaban juntos se hacían a interrogatorios incansables en el curso de los cuales mezclaban el amor, por partes iguales, con recuerdos que ellas habían terminado por confesar o inventar: todo lo que él quería que dijeran. Según Jason, lo fascinante era obligarlas a torturarse para ellas como para él, y pensaba que algún día iba a volverse loco.
En el curso de esta primera entrevista advertí una fuente potencial del sentido oculto de su polarización en las diferencias raciales cuando Jason evocó su infancia: “Mis padres disputaban sin cesar porque mi madre era inglesa y mi padre francés”. Después me habló de su única hermana, cuatro años mayor que él. Los dos habían sufrido, durante la infancia, que la madre denigrara constantemente al padre. Jason recordaba que, de pequeño, se sentía humillado por el acento de la madre y por su rechazo a ciertos aspectos de la cultura francesa. Los insultos volaban por sobre la mesa, y el padre terminaba tratando a la mujer de “sucia perra inglesa”.
“Mi madre hablaba abiertamente, delante de nosotros, de las aventuras extraconjugales de mi padre. Yo sabía que él tenía aventuras cotidianas con sus clientes, y particularmente con las clientes de otras razas.” Después de un silencio agregó: “Sólo me quedaba la masturbación, y sin duda por ello, durante mi adolescencia, me masturbaba varias veces por día. De hecho sigo haciéndolo, al menos dos veces por día”. Añadió que, para la madre, la virilidad auténtica estaba encarnada por su propio padre (que había perdido una pierna en la guerra).
En nuestra segunda entrevista, Jason me describió lo que él llamaba su homosexualidad.
J.: Durante años, he asistido a reuniones de sexo grupal, sobre todo para ver lo que los hombres hacían con sus penes, pero nunca llevé a las mujeres que amaba. [Un silencio.] Hay algo falso en mis relaciones con las mujeres. Aunque en cirugía trabajo extraordinariamente bien con mis pacientes, es probable que, fuera del hospital, las deteste; de hecho estoy convencido, soy homosexual, aunque nunca he deseado tener relaciones sexuales con un hombre; todo esto tiene que ver con mi perra madre inglesa. Me imagino que se pregunta por qué me empeñé tanto en analizarme con usted.
J. M.: ¿Porque yo soy una mujer y una perra inglesa?
J.: Es cierto que su acento me recuerda al de mi madre, pero… hay algo distinto en usted: usted me suscita la impresión de que existo. [Y, para mi gran sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrimas.]
Para aumentar la confusión, se dirigía frecuentemente a mí nombrándome él, y a la inversa, me nombraba a mí al hablar de él: “Ayer, después de la sesión, de nuevo tuve miedo en la calle; todo el mundo me amenazaba. Pero me dije: «¡Escucha, Joyce! Sabes que les atribuyes a estas personas tu propia violencia; ellas no tratan de hacerte mal»”.
LA IDENTIDAD SEXUAL Y SUS CONFUSIONES
En nuestras primeras entrevistas, por supuesto que Jason se contentó con revelarme sólo los aspectos de su actividad sexual que lo hacían sufrir. En el curso de los primeros meses de análisis me contó que en el período de latencia, había comenzado a travestirse con la ropa de la hermana, sobre todo con las prendas de danza, y que con esa indumentaria se masturbaba delante del espejo.
Más tarde reveló una perturbación manifiesta de su sentimiento de identidad y una cierta confusión entre su cuerpo y el de sus partenaires. Una actividad erótica altamente investida por él consistía en pedirles a sus conquistas que se pusieran un pene artificial y lo penetraran analmente. Otras veces ataba a sus compañeras consintientes; mientras las azotaba, las penetraba analmente con el dedo y, de ser posible con toda la mano.
LOS VACÍOS CONTINÚAN LLENÁNDOSE
J.: Observo cómo estás vestida... Observo cada detalle elegante. Pero lo importante es que tus prendas se convierten en mis prendas. Me siento bien cuando me tiendo en el diván. ¿Ves qué linda ropa me autorizo ahora a comprar? Pero mi bufanda es vieja y está sucia. Me prohíbo hacerla lavar, porque entonces ya no sería yo. [Pausa.] Como cuando era chico y empezaba a gritar si mi madre insistía en comprarme ropa nueva. Teníamos escenas atroces en público, pero para mí era peor que para ella. ¡Yo sabía que quería destruirme, y luchaba en defensa de mi vida! ] Esto me hace pensar en mi terror durante esos estados de vacíos de los que te hablé tanto hace dos años... cuando miraba fijamente la nada y no sabía quién era. [Pausa.] Ella quería sacarme la ropa. Yo habría quedado sin defensa y ella habría podido devorarme. Tenía que esconderle todo para poder existir. [...] Pienso en mis masturbaciones, colgado a cuarenta metros sobre el abismo. Jason tomaba el ascensor y subìa hasta el último piso de la casa de los padres, uno de esos antiguos edificios donde uno pide que “ devuelvan el ascensor”: Ya en el último piso, devolvía el ascensor y saltaba al cable de acero para llegar al mecanismo albergado bajo el techo. Colgado sobre un vacío de unos cuarenta metros, se masturbaba con el cable entre las piernas. Estas prácticas presentaban varios peligros, el más importante de los cuales, surgía en el momento de la eyaculación pues entonces corria el riesgo de soltarse y estrellarse. A su vez , este miedo estaba fuertemente erotizado.
J. M.:¿Otro vacío?
J.:¡Sí, un vacío más! ¡Pero se trataba de *un vacío excitante*! El peligro real era lo erótico, al punto de hacerme gozar. Y, evidentemente, ¡también estaba el riesgo de ser sorprendido!
J. M.:¿De este modo se negaba usted a ser aterrorizado por la prueba de la nada y por sus fantasmas acerca del cuerpo de su madre?
J.: ¡Sí! Y rehusaba también lo que ella quería: ¡que no tuviera sexo!
J. M.:¿Ser un vacío para ella?
J.:¡Eso es! Es lo que tú ya me has dicho, que yo me presentaba únicamente “como adjetivo”. ¡Nunca era más que un adjetivo para mis padres!: “Eres un muchacho brillante”, “Eres un chico sucio”, “Eres un chico chiflado”. ¡Pero nadie, nadie, ¿me oyes?, me dijo nunca que yo era un *varón*! [Una larga pausa; Jason empezó a llorar. Controlando su emoción, continuó:] ¿Cómo podía saber que era un varón? ¿O incluso lo que era ser varón? ¿Y que era bueno ser simplemente un varón? Me he convertido en hombre por accidente. No lo era en realidad. Bah, tenía el aspecto de ser un hombre, actuaba como un hombre... había que ser mejor que los árabes, los judíos y los negros... había que fornicar más mujeres que ellos.
J. M.:¿Siempre el adjetivo?
J.: Sí... ¡el gran fornicador! ¡Pero no era todavía un macho! ¡Era un camelo! Ahora soy un hombre. ¡Del vacío, he creado una verdadera polla! El trabajo que hacemos aquí es como una puesta en el mundo. ¿Recuerdas mi primera sesión en el diván? Te dije que salía como un bebé de entre tus muslos. Era como si fuera el espectador de mi propio nacimiento. Como un deseo que nunca había querido confesarme. ¿Por qué no existí como varoncito para mi madre? [Se puso a gritar.] ¡Joyce! ¿Me escuchas, demonios? ¡Di algo!
J. M.:¿Tiene miedo de no existir como varón a mis ojos?
J.:Es peor que eso. Es como si tampoco tú existieras.
J. M.:¿Me ha transformado en vacío? ¿Cómo si me hubiera devorado de nuevo?
J.:Sí... ¡lo veo ahora, por primera vez! He devorado a mi madre, y el gran peligro era destriparla *a ella,* transformarla *a ella* en vacío. Siempre me decía que yo había sido un bebé voraz y que tenía que apretarme la nariz para que yo dejara el pezón [...] y todo lo que había hecho por mí cuando yo era bebé. [...] ¡Se había desgarrado las entrañas por mí! Ya lo ves, incluso de lactante yo no era más que un adjetivo: ¡un bebé malo!
J. M.:Por lo que me dice, su madre bien podría haber temido que usted la devorara.
J.:¡Exactamente! Ella me daba la impresión de que yo era alguien peligroso. ¿Por qué tenía tanto miedo de mí? Lo sé... ¡es por lo que los analistas llaman proyección! ¡Yo tenía miedo de devorarla, y ella tenía miedo de su deseo de devorarme *a mí*! [Pausa.] Estoy pensando en la pierna amputada de mi abuelo. Recuerdo que le hacía preguntas durante horas para saber dónde estaba esa pierna.
J. M.:¿Cómo si usted pensara que había sido devorada?
J.: ¡Sí! ¡Esa era una falta que había que admirar! Mientras que mi padre, que tenía las dos piernas, no valía un comino. [Empezó a gritar.] Yo podía dar saltitos sobre una sola pierna, pero de mi padre no me era posible tomar nada. ¡Nada, no, nada!
J. M.: Salvo lo concerniente al seductor perpetuo. Aunque se trata de un adjetivo, esto es algo que usted tomó de su padre. [Yo hablaba más para calmarlo.]
J.: ¡Vaya, es cierto! Sin ello habría sido psicótico... como ese Sammy sobre el que tú has escrito. De chico, yo me parecía a él. Cuando vine aquí, al principio, era un psicótico clandestino.
J. M.: Pero los adjetivos lo ayudaron a sobrevivir.
J.: Sí, y mi padre estaba orgulloso de mí porque estaba orgulloso de mi inteligencia. Decía a menudo que yo iba a ser un profesor célebre en todo el mundo. Sí... me he convertido en cirujano para todos ellos: para reparar a mi madre, para reemplazar la pierna del abuelo y poder realizar la ambición de mi padre, que habría querido ser médico. Durante años reparé a todo el mundo... y yo seguí vacío y quebrado. Como me dijiste un día, una hemorragia psíquica.
LA SUPERVIVENCIA PSÍQUICA
Pasaron ocho años. Todos sus síntomas habían desaparecido, y el análisis llegaba a su fin. “¿Por qué tuve que sufrir tan dolorosamente durante cuarenta y cinco años, antes de conocer la felicidad?”, preguntó con sorpresa.
Jason seguía sentado en el diván, como lo hacía al sentirse ansioso, y sobre todo cuando tenía necesidad de asegurarse que existía *a mis ojos.* Habló durante algunos minutos para decirme que todo le iba muy bien, que obtenía en su trabajo satisfacciones cada vez mayores, incluso invitaciones a dar conferencias en el extranjero sobre su especialidad quirúr quirúrgica, después habló de sus dos hijos y de lo importante que era para los niños “tener un padre que mantenía las reglas y hacía la ley”, sobre todo “cuando los niños lloriquear sin cesar”.
Sensible a su tensión, le pregunte si acaso, aunque sintiéndose bien como sujeto, cirujano y padre tenía necesidad de subrayar que él también era un niño que lloriqueaba, que no quería plegarse a la regla analítica de tenderse en el diván y decir lo que le pasara por la cabeza.
J. [Tendiéndose en el diván]: ¿No te gusta el cara a cara?
Él sabía perfectamente que no era así; en el curso de su aventura analítica había habido incluso etapas durante las cuales yo lo invité a sentarse.
J. M.: La cuestión no es ésa; su necesidad de aferrarse a mí con la mirada, de evitar el momento de “la separación” cuando usted se tiende, ¿tiene alguna causa? ¿Es una manera de evitar decirme en qué piensa?
J.: Sí, es sobre todo para evitar decirte que... y bien... me crucé con un vagabundo al venir aquí. Detesto a los mendigos... los detesto... no puedo decirte cuánto.
J. M.: ¿Qué es un “mendigo”?
J.: Ah, lo sé muy bien. Son personas que no se bastan a sí mismas, que siempre dependen de los otros. Yo lo he hecho todo totalmente solo, desde los tres años. Iba solo al jardín de infantes, como un grande... Tenía mucho miedo, pero lo hacía por la orden de mi madre: “Tenías que aprender desde muy pequeño en la vida”, me dijo ella cuando le pregunté, años más tarde, por qué me había abandonado de esa manera.
J. M.: ¿Usted no tenía derecho a mendigar la presencia de su madre?
J.: Todavía, por momentos, no me atribuyo el derecho de comprarme o plantar flores... Si lo hago, muero... Me convertiría en mi madre, puesto que tendría que luchar una vez más para ser yo mismo…En este momento pienso que estoy engordando. Me da miedo.
J. M.: ¿Miedo al embarazo?
J.: ¡Sí!... Porque sobre todo tengo miedo de ser barrigón. Pero... mi miedo a engordar... ¿qué tiene que ver con el odio a los mendigos?
J. M.: ¿Es posible que haya aún un pequeño mendigo en usted, ése del que hablamos a menudo, que querría ser una mujer y capaz de dar a luz?
Pensé también que él quería finalmente ser la madre para el pequeño Jason. Durante el largo silencio que siguió, recordé los diferentes fantasmas que habíamos elaborado juntos, en torno de su envidia a la mujer y su deseo de ocupar el lugar de ella.
J.: Pienso ahora en mi trabajo de cirujano, que es mi manera de tener hijos, y en el que logro tanto éxito. Sobre todo, ya no temo: mi trabajo es ahora mayor que mi miedo a morir por causa de él.
LA EROTIZACIÓN DEL TERROR
Diálogo entre J. y J. M.
J.: Como sabes, mi madre tuvo un papel importante en la Resistencia. La habría enfurecido saber hasta qué punto me embelesaban las SS. Pero yo necesité una especie de contenedor para separarme de ella. Y lo encontré en los uniformes de los alemanes. Cuando vi esa escena… su uniforme terrorífico, sus grandes botas… fue terriblemente excitante. En ese momento, yo también llevaba grandes botas y también yo podía caminar sin miedo por la calle. Es así como *el agua* se volvió excitante.
[...]
J. M.: ¿Y en cuanto a ese “contenedor” que usted necesitaba tanto?
J.: Durante toda mi vida luché contra su desmoronamiento… trataba de utilizar *las palabras* para lograrlo. De chico, hacía sin cesar preguntas con la mayor angustia, y también aquí, al principio de nuestro trabajo ¿Te acuerdas? Yo estaba en plena confusión, te confundía a ti conmigo, confundía incluso nuestros nombres…
J. M.: Sí. Ésa era una manera de descubrir quién es usted, de descubrirse *a usted.*
J.: ¡Sí, exactamente! Hacía siempre las *mismas* preguntas. Pero ahora sé que simplemente trataba de saber *quién* era yo, y lo que me diferenciaba de los otros… y de comprender la diferencia entre una madre y un padre, es decir qué es una madre, qué es un padre, qué es una mujer, qué es un hombre.
J. M.: ¿Ser otro? ¿Tener un nombre?