Relato de un análisis con la muerte en sala de espera. Trama y sentido de un tratamiento con fecha de fin




Relato de un análisis con la muerte en sala de espera. Trama y sentido de un tratamiento con fecha de fin

Propuesta N° 040

jueves 03 de noviembre / 09,00

08:00 NY / 07:00 PE, EC / 06:00 MX / 12:00 POR / 13:00 SP, IT

Zoom Finalizado

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Presenta/n: Marisol Bedoya (APdeA - Asunción - Paraguay), Valeria Corbella (APA), Azucena Tramontano (APA). las colegas de la APA Valeria Corbella y Azucena Tramontano, participarán como comentadoras en esta actividad que tendrá como finalidad discutir material clínico.
Conducción: Andrea Ikonicoff



Resumen

¿Cómo trabajamos cuando tenemos a la muerte esperando ? En este trabajo presento un intento de elaboración a lo que ha sido el camino del análisis de una paciente adolescente, cuyo diagnóstico médico determinó una fecha de fin. ¿Se puede trabajar con la muerte asechando? Intentaré compartir las herramientas teóricas y técnicas que acompañaron este andar tan turbulento, y a su vez intimo , así como también, lo que él breve tiempo nos permitió construir






Ampliación/Descripción

“Después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida.”

Mario Benedetti

 

 

 “Marisol, Mora se fue”. Así rezaba el mensaje que tanto temía recibir esa semana. Llegó sabiendo que llegaría, más aun así, inesperado. La muerte siempre es inesperada por más que ya esté anunciada. En ese contexto, entre pacientes, teniendo que seguir después, llegó el mensaje. “Marisol, Mora se fue”

Casi dos años antes Mora había pedido una cita por motivos muy lejos de la muerte. A sus 16 años le aquejaban problemáticas adolescentes: inseguridades propias de la edad y alguna que otra dificultad para el relacionamiento. Sin embargo, ahí ya estaba, escondido en su espalda el tan temido “bichito”. Así llamaba Mora a su tumor.

En este corto pero intenso camino como analista me he encontrado ya con muchas situaciones que rodean la muerte. Angustias de muerte, intentos de suicidio, miedo a la muerte, muerte de familiares, y hasta amenaza de muerte. Pero esta vez era distinto, esta vez la muerte nos acompañaba, estaba a la vuelta de la esquina, de la mano con una jovencita de 16 años que todavía quería vivir.

Muchas veces me han preguntado cómo hacemos los analistas para no involucrarnos tanto con las cosas que le suceden nuestros pacientes. Siempre respondo a esto con un silencio, un silencio que esconde otra pregunta ¿por qué pensaran ellos que no nos involucramos afectivamente? ¿De qué otra forma podríamos llevar adelante este trabajo? Si bien la neutralidad posible y el encuadre son bien concretos, marcando una clara asimetría y distancia profesional entre paciente y analista, considero que la intimidad que circula en un encuentro analítico es una experiencia especialmente afectiva y cercana.

El espacio analítico brinda la posibilidad de intimidad, el analista tiene el privilegio de ver desplegarse en ese espacio todos los contrastes de la persona que tiene en frente, y acompañar a esa persona a encontrarse consigo misma. Para poder andar este camino, el analista pone en juego su mente, su afecto, su  mundo interno. En síntesis, se construye una experiencia emocional entre ambos.

Habiendo dicho eso, y sabiendo que el compromiso afectivo con los pacientes es grande, presento este trabajo como intento de elaboración para algo que no me han preparado en la formación analítica: la muerte de un paciente. Los pacientes no deberían de morir, mucho menos los pacientes de 16 años. Pero resulta que sí, que mueren., Y ¿qué hacemos nosotros los analistas con esta verdad tan cruda, tan dolorosa? …Escribimos trabajos. Pero antes de escribir los trabajos, tenemos que trabajar. Y ¿Cómo se trabaja con la muerte?

Dos semanas después de empezar el análisis,  me anuncian la presencia del cáncer, el futuro tratamiento, la quimioterapia  y las nuevas situaciones que tenía que atravesar mi paciente, y yo con ella. En el medio de la quimioterapia de mi paciente, llega una noticia para mí, yo estaba embarazada. Estábamos mi paciente y yo, entre nauseas, malestares y vómitos. Yo gestando la vida, ella gestando la muerte. Las fronteras vida/muerte muerte/vida iban  moviéndose en un intercambio donde muchas veces, quien llevaba la muerte tenía mucha más vitalidad que yo.

¿Qué se hace cuando se trabaja con la muerte acompañando? Me pregunté unas líneas antes. Esta paciente me enseñó que lo que se hace, paradójicamente,  es trabajar con la vida.

Cuando llegó por primera vez no entró con la muerte. Esa fue la primera vez que pensé en la idea de que la muerte había quedado esperando en la sala de espera, ya que Mora se sentó como cualquier adolescente a relatar su problemática interna. En ese encuentro me habló del colegio, de sus miedos con respecto al futuro, de sus dudas acerca de quién era ella, de la relación que tenía con su mamá. En el medio de esos relatos decía que ahora iba a haber incertidumbre ya que tenía que hacer un tratamiento para un bichito que le había aparecido:

“¿Ya sabés verdad? De la nada me apareció un bichito en la espalda. Me causa mucho dolor, pero ahora vamos a empezar el tratamiento. Nadie sabe cuánto va durar. Me dijeron que va ser difícil… Mi mamá se pone muy pesada con el tema, llora mucho. Yo le quiero decir que va estar todo bien, pero lo que realmente no quiero es que no me deje hacer las cosas del colegio, de salidas y eso… ahora que me mira como enferma

En ese primer encuentro eso fue todo lo que dijo al respecto de la enfermedad. No habló de la muerte, habló de la vida. Y en el medio de eso, me pidió que no la mirase como enferma.

Llegaba ella con toda su vitalidad adolescente, con todas las historias de aulas, fantasías y sueños, y era en el consultorio donde tenían espacio para vivir, para desplegarse. Durante 50 minutos le dejábamos esperando a la muerte afuera. No la mencionábamos ni hablábamos de ella, ¿Por qué? No porque no fuera importante, ni porque intentábamos negar la verdad que se imponía. La dejábamos afuera porque Mora necesitaba un espacio donde pensar en la vida, pensar en el futuro, en cumplir algunos deseos, en sostener algunas fantasías. Afuera, todas eran miradas de tristeza y pena. Afuera, todo era hospitales, medicación y muerte.

Solía relatarme que no había quien no la mirase así, con la muerte alado. Ella quería ser una adolescente de 16 años, y necesitaba saber que en su análisis iba poder ser eso. Para mí, acostumbrada a enfrentar a mis pacientes con lo difícil de manera muy directa, era trabajoso dejar esperando a la muerte afuera, se colaba, por supuesto, mas Mora estaba decidida a apostar a la vida, lo que fuera que esta durara

Decidimos entonces que cuando ella entrara, dejaría a su muerte afuera, en la sala de espera. A veces bromeaba y decía al aire “nos vemos al salir”. Y así fuimos armando nuestro espacio, con la vida, con lo suyo, haciendo esperar a la muerte.

Por mi parte, fui apilando libros de psicosomática, psicoanálisis en lo oncológico, sentido simbólico del tumor, y otros textos relacionados con el tema de la enfermedad física en mi escritorio, mas nunca los leí. Mi paciente me estaba pidiendo un análisis, me estaba pidiendo que haga mi trabajo, el que se supone se hacer. Me estaba pidiendo un espacio de intimidad para ella, sin su muerte, para ella. Acá ella no podía ser “Mora, la chica que tiene cáncer”.  En este espacio ella tendría que descubrir aún quien es Mora, que quiere, sus emociones, sus miedos, etc.

A medida que fue avanzando el análisis, también fue avanzando el cáncer. La muerte se iba colando a nuestros espacios, pero en mi mente se sostenía la convicción que yo tenía que trabajar con la vida, con Mora, y sabía que si yo la miraba como era mirada por el resto de las personas, este análisis no iba ser posible. Era consciente que este aferramiento a la vida era lo que sostenía a  Mora a atravesar por todos los procedimientos devastadores de su enfermedad.

Así mismo avanzaba el cáncer, avanzaba mi embarazo. La panza solo fue visible hacia el final y cuando se puso el embarazo en palabras, luego de una sorpresa de su parte dijo “la muerte espera afuera, pero acá había sido entro la vida”. Si bien podría pensar en muchas interpretaciones para esta afirmación,  además de pensar en lo fantástica de su asociación, sostuve la importancia de que hayamos dejado que entre la vida al espacio, para poder caminar este camino de terror que se estaba transitando. Vale decir que se estaba transitando con muchísima entereza.

La muerte por supuesto entró, y cada vez era más difícil dejarla afuera. Empezó a ocupar más espacios y terminó llegando al diván. Antes de la última internación, la vimos de cerca. ¿Cómo la afrontamos? ¿Cómo se acompaña a alguien a cruzar la frontera de la vida?

 Hay una frase, que dicen es de Freud, que podría ayudar a responder las preguntas: “Si quieres poder soportar la vida, debes estar dispuesto a aceptar la muerte[1]”. Le dimos su espacio a la muerte. Esa sesión nos sentamos con ella, con la muerte,  le hablamos directamente, le comentamos acerca del miedo que nos generaba, (me incluí en el discurso porque a mí también me generaba miedo. Me genera miedo), Mora le pidió un poco de tiempo  y yo un poquito más. La muerte por supuesto, en toda su inclemencia, nos hizo saber que no le importaba. Ya había elegido.

Fragmento de sesión

 La paciente entra con mal aspecto luego de unas semanas ausente por tratamiento.

M: No sé si me van a dejar ir a Cancún. Yo quiero estar bien, pero parece que ya no puedo más. Mi mamá no para de decirme, Mora tienes que estar bien, tienes que ser fuerte. ¿Qué tan fuerte puede ser alguien?

Yo no contesté pero pensé que ella estaba siendo más fuerte de lo que yo podría pensar que se puede ser.

M: Siento que nadie me entiende.

A: Es muy difícil sentirse comprendida entre todo este despelote. Por un lado, el mejor año de tu vida, y por otro lado la dama de negro que nos amenaza y nos llena de miedo.

M: ¿sabés de qué tengo miedo? Tengo miedo de lo que pase con mi mamá si yo no estoy. Llora.  Tengo miedo de los que se van a quedar. Necesito tiempo ¿le podes decir a la señora de afuera que siga esperando?

Pensé que todos los días me gustaría hablar con la señora de afuera para pedirle más tiempo.

A: ¿por qué no le decimos que entre? A ver si le podemos decir alguna cosa. El diván es cómodo, quizás nos responda algo

Mora se rió y abrió la puerta, le hizo pasar a la muerte, y al miedo supongo. Se sentó donde me sentaría yo para analizar a un paciente de diván e hizo una teatralización imitándome a mí.

M: a ver... ¿qué te hace sentir tener que venir a molestar a una chica de 17 años? ¿No te parece que te podés ir a buscar gente más grande?

A: Mora te está diciendo que te tiene mucho miedo, y está sumamente enojada contigo porque tiene demasiadas cosas que quiere hacer todavía.

La muerte no respondió.

M: un poquito más de tiempo. Solo un poquito más. Quiero estar en mi colación. Quiero irme a Can Cun con mis amigas.

A: sabemos que tenés que hacer tu trabajo señora, nos gustaría poder disfrutar la vida un rato, justo ahora que estamos creciendo. Tenés que saber que acá vamos a hacer lo que se pueda para que sigas esperando, que Mora no va estar sola, y que no te la vas a llevar así no más.

M: Así no más jamás. Sos muy injusta. Pero por favor, Cancún y la colación (hace gestos de súplica).

A: Entonces señora ya sabes: sí, te tenemos muchísimo miedo, sí, nos generás muchísima rabia, y para tu enojo, vamos a vivir todo lo que se pueda, y no solo eso, vamos a disfrutar.

Mora me miro con lágrimas en los ojos. Yo también llore un poco.

 

La última vez que vi a Mora, ya en el sanatorio, la muerte estaba acostada con ella.

Ya estaba con oxígeno y con ese color amarillo, tan característico de las despedidas. La muerte estaba acostada alado de ella. Mora me miró y esbozó algo parecido a una sonrisa. Se acariciaba la panza, tal como lo hice yo, y como lo habrán hecho todas las embarazadas que están a término. Sólo que su caricia no era de ternura, sino más bien de resignación.

A: ¿le pedimos que salga a esta señora?

M: Esta vez no, no hace falta.

Asentí en silencio.

M: Me gusta tu pelo. Me dijo.

A: bueno, esperemos que a ella también le guste. Señale a su lado.

Mora me sonrió y se durmió unos segundos. Volvió a despertar y me pidió que me acerque. Me agarró las manos y se limitó a asentir. Yo también asentí.

M: gracias.

A: a vos

Me dirigí a la muerte: Si nos dejas nos podemos ver de nuevo mañana.

Mora sonrió sabiendo que no iba ser así. Yo también sabía.

Al día siguiente recibí el mensaje que abre este escrito “Marisol, Mora se fue”

En este quizás controversial y poco ortodoxo tratamiento se pusieron en juego herramientas que sostuvieron el espacio analítico entre las dos. Un espacio que no siempre se pudo dar dentro del consultorio, pero que se iba dando dentro de nuestras mentes. Como dicen algunos: el encuadre se lleva por dentro.

Creo que nadie sabe muy bien qué hacer cuando hay que trabajar con la muerte pisándonos los pasos, y reconozco que yo tampoco sabía. Tampoco sé. Lo que sí creo haber aprendido un poco a lo largo de los años es a confiar en el psicoanálisis, y con ello a confiar en los pacientes, que como dice Bion, son los mejores colegas. Yo creo que fue Mora la que aportó todas las herramientas que necesitábamos para trabajar y sostener la vida en ese período de tiempo. Sí puedo decir que yo pude tolerar la incertidumbre del futuro y la enfermedad, y ponerme a su lado para caminar. Puedo decir que deje de lado la consiga y el rótulo de Mora la enferma y me entregué, dentro de lo que pude, a la búsqueda de sí misma. Mi gran trabajo con ella fue estar disponible, el resto del trabajo difícil lo hizo ella.

La posibilidad que se abrió entre nosotras de “soñar” y jugar con personajes abrió la puerta a que podamos construir espacios en donde Mora podía encontrarse con ella en vínculo conmigo. Así mismo, al ser la angustia de muerte un elemento Beta por excelencia, en esta narrativa fuimos moliendo y procesando esos terrores, en un juego creativo y hasta divertido para nosotras. Era mucho más fácil enfrentar a una muerte “señora” que a algo sin forma y oscuro que avecina como un escalofrió.

Supongo que la muerte seguirá siendo la frontera más difícil de pensar, más difícil de atravesar y más difícil de trabajar. Esta vez, la hicimos esperar por un tiempo en la sala de espera, dejando los libros técnicos sobre el escritorio para poder armar un espacio con la vida, donde poder pensar y construir antes de la que la muerte invada.

Bibliografía

Álvarez, B. (2012). Melanie Klein: Teoría y Técnica. Buenos Aires: Editorial

Bion, W. (2006). Volviendo a pensar. 6ta. Edición. Buenos Aires: Ediciones Hormé.

___________ (2009). Aprendiendo De la experiencia. 1ra. Edición. Buenos Aires: Paidós

___________ (1974). Atención e interpretación. 1ra Edición. Buenos Aires: Paidós.

____________(2001). Transformaciones. Valencia: Promolibro.

Cassorla, R. (2014). La simbolización y el trabajo del sueño del analista. Revista de la Asociación Psicoanalítica de Madrid.

Ferro, A. (2001). La sesión analítica. Emociones, relatos, transformaciones. Buenos Aires: Lumen.

Ferro, A. Nicoli, L (2017). Pensamientos de un psicoanalista irreverente. Guía para analistas y pacientes curiosos. Gradiva Ediciones.

Klein, M. (1921-1945). Obras completas. Amor, culpa y reparación. Buenos Aires: Paidós.

__________ (1946-1963).  Obras completas. Envidia y gratitud y otros trabajos. Buenos Aires: Paidós.

 

 


[1] No se encontró la referencia bibliográfica de dicha frase




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